Tyleen Mc Donald – Innovación y Cultura
La nueva generación de monoplazas eléctricos lleva la competición a otro nivel. Con el GEN4, la Fórmula E busca demostrar que velocidad, eficiencia energética y desarrollo tecnológico pueden avanzar en la misma dirección.
Durante años, buena parte del debate sobre el automóvil eléctrico se ha centrado en su autonomía, sus tiempos de carga y su capacidad para competir con los motores de combustión. En el automovilismo, esa discusión adquiere otra dimensión: cada decisión técnica se mide en décimas de segundo, cada unidad de energía cuenta y el rendimiento debe sostenerse bajo las condiciones de una carrera.
La Fórmula E se ha convertido en uno de los escenarios donde esa relación entre energía y rendimiento puede observarse de cerca. El campeonato no solo propone carreras con monoplazas totalmente eléctricos; también ofrece un entorno en el que fabricantes, ingenieros y pilotos trabajan con tecnologías que responden a las exigencias particulares de la competición.
La evolución más reciente de sus coches apunta en esa dirección. El GEN4, presentado por la Federación Internacional del Automóvil (FIA) y Formula E en 2025 y llevado a pista en abril de 2026, representa el siguiente paso técnico de la categoría. Su debut competitivo está previsto para la temporada 2026/27, con cifras que marcan un salto significativo respecto a la generación anterior.
Más potencia, más velocidad y una nueva exigencia técnica
El GEN4 puede alcanzar velocidades superiores a los 335 km/h y desarrollar hasta 600 kW de potencia en ATTACK MODE, el modo de rendimiento adicional utilizado bajo las condiciones establecidas por el reglamento. También incorpora tracción integral activa, disponible durante las distintas fases de la carrera.
Estas cifras sitúan el desarrollo del monoplaza en un terreno en el que la conversación ya no se limita a la propulsión eléctrica como alternativa. La cuestión pasa a ser cómo aprovechar esa energía para acelerar, gestionar la adherencia y mantener el rendimiento a lo largo de una competición.
La potencia máxima, sin embargo, no explica por sí sola el comportamiento de un coche de carreras. La entrega de energía, el control del vehículo, la aerodinámica y la capacidad de recuperar energía durante la frenada forman parte de un sistema que debe funcionar como un conjunto. En la Fórmula E, la gestión energética es una variable deportiva, no simplemente una característica del tren motriz.
La nueva generación también introduce configuraciones aerodinámicas de alta y baja carga, diseñadas para responder a distintas necesidades de agarre y resistencia al avance. Esa flexibilidad amplía las herramientas de los equipos para encontrar el equilibrio entre velocidad en curva y eficiencia en recta.
Recuperar energía también forma parte de la carrera
Uno de los aspectos más interesantes de la competición eléctrica sucede cuando el piloto levanta el acelerador o frena. En lugar de disipar toda esa energía en forma de calor, el sistema de frenado regenerativo permite recuperar una parte y devolverla a la batería.
En el GEN4, la capacidad máxima de regeneración alcanza los 700 kW. Formula E señala que más del 40 % de la energía utilizada durante una carrera puede recuperarse mediante este proceso. La cifra ilustra la importancia de diseñar un coche que no solo entregue potencia, sino que también aproveche de forma eficiente la energía disponible.
Para los equipos, esa gestión exige coordinar el trabajo del piloto con los sistemas electrónicos y las decisiones estratégicas. Recuperar energía, controlar su utilización y conservar el rendimiento en los momentos decisivos forman parte del desafío competitivo.
Esta lógica distingue a la Fórmula E de una lectura convencional de las carreras centrada únicamente en la potencia o la velocidad máxima. La eficiencia no es un objetivo separado de la competición: puede influir directamente en la forma en que se disputa una carrera.
Del circuito a la industria automotriz
La relevancia de esta evolución va más allá del campeonato. La participación de fabricantes como Porsche, Nissan, Jaguar, Stellantis y Lola Cars en el desarrollo de la generación GEN4 refleja el interés industrial que rodea a la categoría y su vínculo con la evolución de la movilidad eléctrica.
La competición ofrece un entorno exigente para desarrollar y evaluar soluciones relacionadas con los motores eléctricos, la electrónica de potencia, la gestión energética y el control del vehículo. No obstante, la transferencia de tecnología a los automóviles de producción no es automática: depende de los costes, las prioridades de cada fabricante, los requisitos de homologación y las necesidades de los usuarios.
Por eso, el valor de la Fórmula E no debería medirse únicamente por la posibilidad de trasladar una pieza concreta de un monoplaza a un coche de calle. También importa su capacidad para generar conocimiento, acelerar procesos de desarrollo y poner a prueba soluciones bajo condiciones extremas.
La sostenibilidad requiere la misma mirada crítica. La propulsión eléctrica elimina las emisiones de escape durante la conducción, pero la huella ambiental de un vehículo depende también de la generación de electricidad, la fabricación de sus componentes, las baterías, la logística y el final de su vida útil. La recuperación energética durante una carrera es una ventaja técnica relevante, aunque no constituye por sí sola una medida completa del impacto ambiental del campeonato.
El GEN4 incorpora criterios de circularidad en su diseño y, según la FIA, está concebido para que sus materiales y componentes sean reciclables o reutilizables, con al menos un 20 % de materiales reciclados en componentes clave. Son objetivos relevantes dentro de una industria que debe evaluar el rendimiento junto con el uso de recursos y el impacto de su producción.
El futuro eléctrico también se disputa en la pista
La Fórmula E tiene un reto doble. Debe seguir elevando el nivel técnico de sus monoplazas y, al mismo tiempo, construir una competición capaz de atraer a espectadores que buscan velocidad, rivalidad, estrategia y personalidades reconocibles.
El desarrollo del GEN4 refuerza esa ambición desde la ingeniería. Pero las cifras de potencia y velocidad, por impresionantes que sean, no garantizan por sí solas mejores carreras ni una mayor conexión con el público. El resultado deportivo, los adelantamientos, las decisiones de los equipos y la capacidad de contar esas historias seguirán siendo fundamentales.
Ahí reside el interés de la categoría para la industria y para los aficionados: la Fórmula E permite observar cómo el automovilismo adapta sus herramientas a una nueva realidad tecnológica sin abandonar su exigencia competitiva.
La electricidad ya no es únicamente el elemento que diferencia a estos monoplazas. Es el punto de partida de una forma distinta de plantear el rendimiento, en la que la potencia debe convivir con la eficiencia, la estrategia y el desarrollo de nuevas soluciones técnicas.
Y esa evolución convierte a la Fórmula E en algo más que una alternativa dentro del automovilismo. La convierte en uno de los laboratorios donde se está definiendo cómo competir a alta velocidad en una industria que cambia rápidamente.





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